viernes, 28 de agosto de 2015

Trasvase Tajo-Segura.



Un hombre sin definir es como una pequeña mancha de tinta; insignificante y sin sentido que se borra y olvida rápidamente.

Los principios sobre los que hombres y mujeres cimientan su existencia son múltiples y encontrados ante la mirada atónita del que no los tiene. A veces, el hombre sin principios recapitula sobre los mismos y acaba decidiendo que no merecen la pena viendo el comportamiento sin sentido de sus congéneres.

Un político debería de ser un hombre justo, al menos así lo creía Platón; claro está, a este casi le 
costó la vida llevar sus principios a buen término. Sin embargo, y al margen de la lucha por determinados principios, sí que hay una cosa que un político debería tener en cuenta: la invariable lógica matemática que nos arropa a diario y que no tiene discusión de ser.

Hasta un niño sabe que el montón que más destaca es el que más elementos tiene, no hay truco, no hay duda; tan solo certeza ante un lógica universal más allá de la social. El político que no sabe distinguir el montón que más destaca, o bien es un ser atípico alejado de la norma o nos quiere engañar, castigar y hasta burlarse de nuestra estupefacción.

Un político que accede a traspasar elementos del montón pequeño al montón grande y que aun así, no ve la diferencia de uno y otro, no puede ser en ningún caso un buen político, no digamos ya buen hombre o buena persona. 

Para colmo de malas el mal político no quiere o no es capaz de ver que cerca de los dos montones en discordia hay otros cercanos y también rebosantes de esos elementos preciados y deseados por todos. Podría perfectamente diversificar los elementos de todo el conjunto y satisfacer a todos los que desean uno de los montoncitos. Pero no, es más cómodo y menos engorroso centrar su atención sobre dos montoncitos y olvidarse del esfuerzo y  sufrimiento que le ocasionaría organizar todo el conjunto a partes iguales.

Los manchegos nos estamos quedando sin montón: el agua se nos va, pero al menos nos queda la satisfacción de que somos los únicos que compartimos, los únicos que realmente llevamos a cabo aquello que tanto repetimos a nuestros hijos: "hay que compartir...", los únicos que cambiamos a cambio de nada, los únicos que sufrimos en silencio como un mal día de almorranas. Eso sí, algún día, esos manchegos se levantarán y le dirán a esos malos políticos que lo fueron, y no podrán mirarnos a los ojos porque no solo se llevarán un guantazo, sino porque la verdad estará de nuestra parte.




El burlón manchego.
(colaborador)

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