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miércoles, 22 de abril de 2009

Cuenta cuentos y vergüenza.

La profesora de mi niña (4 añitos) nos propuso contar un cuento en clase. Pues bien, hoy me toca a mí.
No hay problema, aquí un servidor se ha ofrecido para tamaña tarea. De hecho, esta mañana me toca a mí. El cuento que les voy a contar es el de “La casita de chocolate”. En casa se lo he contado multitud de veces a mi hija y también a mi hijo (6 añitos), por lo cual no creo que se me olvide nada, aunque… eso es lo de menos.



Un cuento no debe leerse nunca, es horrendo leer fidedignamente la historia; queda demasiado frio. Hay que sabérselo y ello te permite salir al paso ante la falta de interés o un clima demasiado distante por parte del público. Para atraer la atención de los niños tienes que innovar dependiendo de la hora, el día y por supuesto las gestos de los niños.

Y he aquí donde me he encontrado con una circunstancia nueva. Hasta la fecha, en casa, siempre les han gustado los cuentos que he contado, claro que mis hijos me conocen y saben de mi pasión por la escenificación de los mismos; me gusta que participen, por ello, gritamos, gesticulamos de manera exagerada, hacenmos payasadas y nos comemos a besos.

Hasta aquí todo bien.

Anoche, después de contarles un cuento a mis hijos, el mayor (6 añitos), me dijo:
- Papá, mañana no cuentes el cuento como lo sueles hacer.
- ¿Y eso?, - le respondí.
- Pues… porque no quiero que se rían de ti. – me contesto muy serio –, hazlo como lo hacen todos los papas.
Vamos, que al chico le gusta que le cuente los cuentos como lo suelo hacer, pero no tiene muy claro que los demás vayan a entender mis métodos (poco tradicionales).
Como es evidente, le conteste que pienso hacerlo igual que siempre y que me pienso comer a besos a todos los niños de la clase de mi hija.

La cara de palo que puso fue de fotografía. Creo que hasta se enfado y por supuesto no entendería las razones que le di: identidad de uno mismo, que lo que hacen la mayoría no tiene por qué estar siempre bien, etcétera.

Esta mañana, al levantarlo para ir al cole, lo primero que me ha dicho es que la profesora de mi hija se va a reír de mí. Y yo, taimadamente le he contestado, pues espera que vaya a tu clase a contar un cuento. Os podéis imaginar la cara que me ha puesto.






Veremos...

Ani.

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